La ventana o el espejo

El hombre se paró delante de la ventana de mi despacho. Arrastraba
una pequeña maleta de las que tienen ruedas, igual a las que usan los representantes de comercio, cargada seguramente de su muestrario. Se quedó descansando un momento, parado en la acera, recuperando el aliento. Con un pañuelo arrugado se secó el sudor de la arrugada frente.

Se ajustó las gafas que le disimulaban unas profundas ojeras. Miró su reloj y se giró hacia mi ventana. El no me podía ver por ser un cristal de tipo espejo. Al verse reflejado aprovechó para abrocharse el cuello de la camisa y apretarse la corbata. Intentó sin éxito quitarle algunas arrugas a su chaqueta de color indefinible, ni negra ni marrón, y se atusó su pelo blanco.

El hombre respiró hondo y volvió a mirar su reloj. Tomó su maleta y con andar cansino se dirigió a la puerta siguiente a vender su mercancía.

Me quedé mirando por la venta, ¿o quizás al espejo?

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